HISTORIA

Si la literatura le ha dado un fondo de ficción a mi vida, ha sido la historia, en cambio, la que le ha dado un toque de realidad a la misma. Siempre, desde niño, he tenido curiosidad por saber cómo sucedieron las cosas y por qué hoy en día estamos como estamos y somos lo que somos.

Obviamente, a un alma soñadora y a una personalidad cautivada por lo épico como es la mía, lo primero que le llamó la atención fueron las guerras. Como bien lo definió Edward Gibbon, aquel primer historiador de la Roma imperial, la historia no es sino la amalgama de las desgracias, miserias y calamidades que ha sufrido la humanidad, muchas de ellas provocadas por el elemento bélico que ha servido de catalizador a posteriores procesos históricos.

Prontamente cautivado por la barbarie de la segunda guerra mundial, seguramente el momento histórico que más adeptos gana en la juventud, pronto pasé a otros conflictos igual de sangrientos, breves pero decisorios espacios de tiempo en la historia de la humanidad. Por cercanía, mis dos abuelos combatieron y vivieron para contármelo, la guerra civil española fue otro conflicto que pronto atrajo mi curiosidad, así como la lejana y salvaje guerra de secesión estadounidense, una tragedia que terminó por configurar a la potencia mundial que conocemos hoy en día.

No obstante, píldoras guerreras aparte, empecé a intuir que para llegar a esos trágicos momentos donde todo proceso histórico se acelerase, tiene que pasar antes por una serie de vicisitudes que no siempre son fáciles de explicar ni de comprender.

Así fueron cayendo la primera historia de Roma, de la mano de Asimov precisamente, el oscurantismo medieval europeo, el fulgor de la Italia renacentista y, tal vez, el periodo que más interés ha despertado en mí, el periodo entre los siglos XV y XVII en Europa, un proceso de lucha entre grandes imperios, radicales cambios religiosos y el descubrimiento de nuevos mundos que trastocaron el mundo que hasta entonces se había conocido.

Pero curiosamente, supongo que por un proceso de decantación en el que uno no toma excesiva arte ni parte, los dos periodos que ahora mismo despiertan mayor interés en mi persona son el imperio Bizantino y la Serenísima República de Venecia, dos entidades bastante olvidadas, y ciertamente vilipendiadas, que curiosamente, y muy al contrario de lo que la gente cree, han traído mucho luz a la humanidad.

Del primero, de los bizantinos, romanos ellos que nunca consideraron que el imperio hubiera caído, solo me han quedado las lecturas. De los venecianos, en cambio, he podido seguir parte de su fascinante epopeya histórica a través de mis viajes y he de reconocer que lo que he visto me ha emocionado.

No solo la propia Venecia, esa decadente pero maravillosa ciudad de la que mi amigo Joxemari Arrazola dijera que es el mayor parque temático del planeta, triste pero cierta definición para una ciudad que tanta gloria ha aportado a la humanidad, en la que he tenido la fortuna de estar cuatro veces y de la que aún me queda mucho por recorrer, la capital de un imperio marítimo y comercial que dejó un rastro indeleble por todo el Mediterráneo Oriental, seguramente su ámbito de actuación a lo largo de los casi 1500 años de existencia de esta insigne república.

Recuerdo aún el sobrecogedor león de San Marco con su libro abierto luciendo poderoso en los más insignes edificios de Monemvasia o en Naoplio, Grecia hoy en día, en Trogir, Sibenik, Zadar, Pula o Split, la antigua Spalato, hoy en día Croacia. También en Koper o Piran, actualmente en Eslovenia, o ya entrados en la Terraferma, en Verona o en Bérgamo, todos estos lugares testigos orgullosos de su pasado como parte de la serenísima, una historia que sin duda va a tener su propia presencia en Génesis de una especie.

Sin estos dos importantes ingredientes, la literatura y la historia, yo no sería el que soy ni mi obra sería la que es.