EL AUTOR

Nacido en 1974, fruto de la mezcla entre emigrados extremeños y familia vasca de esas con 200 apellidos vascos o más a sus espaldas (¡ja!, ríase usted de los 8 apellidos vascos), algo que sin duda confiere carácter y más en una sociedad tan dinámica y explosiva como la vasca de los 80-90, años aquellos de volatilidad extrema pero de curiosa libertad (vigilada por todo el mundo, es cierto).

He residido en Beasain (Gipuzkoa) buena parte de mi vida, aunque por azares del destino me ha tocado vivir temporadas relativamente cortas en otras ciudades y poblaciones, todas las cuales van dejando un poso de sosiego y una amplitud de miras en el que escribe. Sin embargo, si alguien me pregunta, sigo siendo de Beasain, un pueblo que parece no estar, que no tiene mucha historia pero cuya vitalidad se nota en sus calles y barrios. Ese crisol de emigración y de nativos, esos conflictos entre los de allí y los de aquí, ese saber mezclarse sin excesivo pudor ni prejuicio, y esas amistades que generan los amigos del barrio, los del insti y los del trabajo hacen de mi pueblo un lugar mágico donde todos aúnan sinergias para sacar la vida adelante y hacer de la villa un ejemplo de convivencia y un potente motor de crecimiento en todos los sentidos.

Estoy casado con una maravillosa doctora en bioquímica, investigadora y profesora universitaria que hace que mi vida tenga mayor felicidad, más estabilidad y que logra que conviva en un entorno de cariño y alegría.

Amante del arte, la historia, la música y la literatura (no necesariamente en este orden) no me quedó otra que viajar para poder entender por qué los humanos actuamos como lo hacemos y por qué dejamos como herencia una rica colección de escritos, imágenes y un acervo popular tan distinto pero a la vez tan parecido allí por donde he andado.

Al igual que afirmo que soy de Beasain, confirmo que soy europeo. En este continente he visitado, admirado y disfrutado de las grandes civilizaciones y de su increíble legado. Me habré visitado cerca de 17 países, contando al Reino Unido como nación unitaria, y en todos ellos mi admiración por su cultura, su identidad y su memoria no ha hecho sino crecer.

Es cierto que también intenté visitar algunos países musulmanes pero una especie de gafe parece hacer improbable este tipo de visitas. Recuerdo que con unos amigos quisimos visitar Irán y justo aquel año estalló la revolución verde. Unos años después quisimos ir a Siria, por entonces un país civilizado y seguro. Pues bien, miren como sigue todavía. Otro país árabe que me gustaría visitar sería Líbano pero visto lo que mis intenciones provocan en dichos países y su pasado reciente, tal vez sea mejor esperar a fechas futuras o a posteriores vidas reencarnadas para dicha visita.

Me independice en lo laboral a los 25 años, después de un paso no muy glorioso por la universidad y tras algunos años dando tumbos por las empresas de mi padre, amén de tener que gestionar un cáncer que me hizo ver que la vida era otra cosa. Con esa edad me hice autónomo y puse la primera tienda, un negocio modesto que fue más mal que bien pero que me sirvió de trampolín para montar una primera empresa en la que ya entraron empleados, máquinas, créditos y demás fanfarria empresarial.

De crisis en crisis, y entre islas de años de abundancia, el negocio ha seguido adelante y hoy en día soy dueño de una pequeña y asentada empresa industrial sita en el propio Goierri, por otro lado, una comarca eminentemente industrial. Rozando los cincuenta y con la vida encaminada en este sentido, hará cosa de una década me entró el gusanillo por escribir, una actividad que engarza directamente con otra de mis grandes pasiones; la lectura. Lo que comenzó como un pasatiempo, fue poco a poco gestándose en una gran obra que me fue absorbiendo durante la siguiente década, pese a que ha sido escrita de forma muy irregular.

Y así, hoy a mis 47 años, casi ocho, publico al fin esta primera obra que colma ciertas fantasías de juventud, una juventud bastante loca, muy hedonista y en la que todos aspirábamos a comernos el mundo. Tal vez de aquellos polvos estos lodos, pero en fin, cést la vie que dicen los franceses.