LITERATURA
Desde muy joven he sido un amante de la historia y la literatura. Aún recuerdo a la bibliotecaria del pueblo regañándome cuando apenas alcanzaba la decena de edad para que leyera libros en lugar de comics, algo que consiguió (en parte. He de reconocer que sigo leyendo comics de forma ávida. Viva Corto Maltés) y a la que homenajeo desde estas líneas por abrirme paso a un mundo que desde entonces me ha colmado de tanta felicidad y alegría.
Supongo que como la mayoría a esa edad, comencé mi periplo literario con Los Tres Investigadores, Los Cinco, Los Hollister, Oscar Agente Secreto, Jim Botón y ese tipo de literatura infantil/juvenil que sirve para abrir la mente a otros mundos y a otras dimensiones, y cuya función es la de sembrar.
De ahí a las trepidantes novelas de espías, detectives y demás, DashiellHammett, Robert Ludlum, Frederick Forshyth, que vale, no es una gran literatura (¿Que El Halcón Maltés no es qué?) pero que sigue metiéndote el veneno en el cuerpo. Disfruté mucho con Vázquez Montalbán y su Carvalho, con esas bacanales y comidas orgiásticas con su incombustible Biscuter que lo único que conseguían era que me muriera de hambre tras cada lectura. No recuerdo cuando cayó en mis manos El Hobbit, de Tolkien, aunque seguramente sería bastante joven. De ahí a El señor de los anillos y El Silmarilion dos obras mayores que me introdujeron de lleno en el mundo de la fantasía épica.
Sin embargo, si una obra ha marcado mi vida literaria esa no ha sido otra que La Fundación de Isaac Asimov, un libro, al menos sus dos primeras partes, que tiene todo aquello que la imaginación necesita para navegar liberada de sus ataduras terrenales: Ritmo, suspense, emoción, conocimiento profundo del alma humana, originalidad en el contenido, etc.
Es cierto que el resto de novelas de la serie no vale gran cosa pero esos dos primeros libros y su planteamiento es de lo más original que me he encontrado jamás en la literatura. He de reconocer que de Asimov he leído más de historia que de ficción, una ficción además, la futurista, que tampoco me pone en exceso, pese a haber leído alguna obra más de esta temática.
Sin embargo, tal vez por la crisis de los cuarenta, llegó el momento en el que me costaba encontrar literatura que me motivara, esos libros que te enganchan desde el minuto uno y que no puedes dejar de leer capitulo tras capítulo. Por volver a los clásicos, por eso son clásicos a fin de cuentas, cayó en mis manos, así como de casualidad, El conde de Montecristo una obra que me reconcilió nuevamente con la buena literatura, esa de capa y espada, de amores traidores y amistades rotas. El Gatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, El retrato de Dorian Grey de Wilde o El nombre de la rosa del complicado y añorado Umberto Eco son otras obras que han marcado mi caminar literario, todo ello entremezclado con Agatha Christie o la trilogía de Millenium, mi último gran descubrimiento literario, casualmente bastantes años después de haber sido publicada.
Toda esta amalgama de obras son las que visten a Marcos Huartey las que seguramente hacen que la obra que aquí presento sea como es.