LA LEYENDA DEL PASTOR GIGES
Acerca de la obtención de poder y la respuesta a este hecho por parte del ser humano se viene hablando desde mucho tiempo atrás. Ya los propios griegos (los de antaño, los de ahora parecen estar a otras cosas) se plantearon si el ser humano nace bueno o malo, una cuestión que aún hoy en día despierta pasiones varias entre religiosos, filósofos, naturalistas y cualquiera mínimamente versado en el arte de meditar. Las respuestas, la verdad, las hay de todo tipo, desde el buenismo más ñoño hasta el fatalismo de que toda la especie somos una banda de sátrapas y de asesinos en serie en potencia.
Estos griegos, por su parte, en este sentido mucho más prácticos, y sobre todo mucho más elegantes a la hora de plantear sus reflexiones y deducciones, nos legaron sus impresiones mediante bellas y dramáticas leyendas, una de los cuales nos habla precisamente acerca de esta cuestión y que, como veremos, tienen cierta tradición literaria en posteriores y modernos trabajos, uno de los cuales alcanzaría incluso fama mundial.
La leyenda no es sino la del modesto y poco impresionante pastor Giges, un pobre hombre que vivía de apacentar su pequeño rebaño por aquellos campos de la Hélade, el Peloponeso o vaya usted a saber por quépretéritos rincones griegos. El caso es que un día un terremoto sacude la tierra donde Giges pastoreaba a sus animales y del susto salen todos ellos, pastor inclusive, huyendo a todo correr. Pasado el susto, el pastor empieza a reunir nuevamente a su rebaño, mirando por este y por aquel rincón en busca de sus perdidas ovejas. En estas que en uno de los rincones observa que se ha abierto una profunda grieta y no se le ocurre otra que mirar allí dentro. Lo que descubre lo deja patidifuso. Una especie de gigante duerme plácidamente en aquel hueco y parece no haberse enterado del terremoto. De uno de sus bolsillos cuelga una pequeña cadena y en su extremo aparece un tentador anillo de oro, un objeto cuyo brillo codicioso atrae de inmediato la mirada del miserable pastor.
He aquí el primer dilema moral de la leyenda. ¿Qué hacer? ¿Bajar por la grieta y robar el anillo al gigante, pese a que este pueda despertar y cuya ira se intuye fatal? ¿Arriesgarse por codicia pese al temor de las consecuencias? Por un lado, el anillo podría aliviar las penurias económicas del pobre pastor, pero por el otro podría significar también su final en esta vida. Pues bien, según la leyenda, finalmente Giges vence sus miedos y decide bajar a por el anillo, algo que hace con sumo cuidado y que finalmente consigue sin daño alguno. Lección número uno; pese al miedo, la codicia muchas veces es superior a este, lo que provoca que a menudo los humanos cometan actos que podrían ser potencialmente funestos para sí mismos. Sin embargo, esto no nos dice nada de que las personas sean mejores o peores, por lo que sigamos entonces con la historia.
El bueno de Giges, satisfecho por su logro, se pone el anillo y se va más contento que unas castañuelas, en principio sin notar nada extraño (¿nos va sonando la historia?). Los sucesos extraños comienzan a suceder días después. El pastor comienza a darse cuenta de que hechos cuando menos curiosos empiezan a suceder a su alrededor, cosas como que la gente se pone a hablar aparentemente sin darse cuenta de que él está presente, que llega a un sitio y nadie parece haberle visto llegar y cosas por el estilo.
El pastor, que no es tonto, extrañado por estos sucesos que tan inesperadamente han comenzado a ocurrir, empieza a pensar que hay gato encerrado en todo este asunto. Finalmente, tras varias conjeturas y pruebas, se da cuenta de que dependiendo de en qué posición ponga el anillo, él se vuelve invisible (nos sigue sonando la historia, ¿verdad?). A partir de este momento es cuando comienza la fiesta en esta leyenda. El pastor, ya no tan modesto como antaño, comienza a realizar cada vez acciones más audaces. En un primer momento, llevado por el miedo y por cierto recato, apenas espía conversaciones ajenas y reuniones a las que él, en principio, no está invitado. De ahí pasa a robar pequeñas cosas, hurtos los llamaríamos hoy en día, robos que amparado en su poder cada vez son de mayor rango, hasta que su vida se convierte en una sucesión de acciones poco virtuosas que cada vez van a más.
Precisamente la leyenda acaba con la acción más audaz de todas. El pastor, habiendo dejado todos sus miedos y complejos a un lado, decide al fin dar el golpe definitivo; se colará en el palacio real, asesinará al monarca de turno y desposará por la fuerza a su hija convirtiéndose así Giges en rey de la Polis. Y colorín colorado…
A través de esta historia los griegos nos señalan como para ellos el ser humano, per sé, no es ni bueno ni malo, aunque sí que es ambicioso y está dispuesto a arriesgar y a utilizar todas las ventajas que la vida pueda poner en su mano. Con esta parábola nos intentaban explicar que si no es por la civilización, que aplaca las ansias individualistas, la conducta de sus miembros podría ser un cúmulo de competitividad llevada hasta extremos muy peligrosos para el propio ser humano. Pensaban que aquellos que conseguían más dinero, poder o gloria, salvo honrosas excepciones, no terminaban de conformarse con lo conseguido hasta entonces, sino que casi siempre ambicionaban más, algo que gracias a sus medios superiores podían conseguir a expensas de los demás.
Para aquellos que estén leyendo esta página web, les resultara obvio como el propio Tolkienbebió de esta misma leyenda para plantear en su mítica El señor de los anillos esa dicotomía entre el bien y el mal, un planteamiento seguramente demasiado radical que planteaba un pugna entre el bien total contra el mal más absoluto, con razas de seres, los orcos por ejemplo, donde no existe la posibilidad de encontrar individuos buenos, pues todos los orcos son malos por definición.
En cambio, estoy seguro, el planteamiento de la parábola del pastor Giges no nos lleva a una bondad o a una maldad tan absolutas, más bien deja un libre albedrio a la acción según las circunstancias que acontecen en la vida de cada uno. Sin embargo, de lo que sí que parecían bastante seguros estos antiguos griegos era de que el poder corrompe, una cuestión que estoy seguro que más de uno hemos conocido en nuestro propio terreno y sin tener que irnos muy lejos para comprobar este hecho.
Y es precisamente bajo este dilema filosóficoy con estas circunstancias de por medio que nace este libro, en el cual un grupo de jóvenes, en principio molientes y corrientes, va a sentir la tentación de ser poderosos por un destino casi tan azaroso como el del pobre Giges.